El encanto no siempre se acaba cuando dan las doce de la noche; pero siempre se acaba cuando te dan en la cabeza con una calabaza.
Tarde me di cuenta que no era para mí esa zapatilla; ahora tengo varias ampollas y apenas puedo caminar, pero, ¡Dios! estaba tan linda.
Besar un sapo no siempre te regala un príncipe y los príncipes a veces se convierten en sapos. Caray... mejor hay que besar ogros, al menos no te darán ninguna sorpresita.
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