Para Ximena, Zaira, Mario, Ricardo y Hugo
Poco a poco el pecho se cierra, tal vez el encierro provoca esta asfixia amargosa. Desde hace días siento un temblorcito en el cuerpo, parezco una gatita vieja, de mórbida figura; mi época de bella princesa terminó: no más espejos en esta casa. Además me he convertido en una vieja de rutinas: leche con un panecito por las mañanas, un caldo de verduras a mediodía, en la noche un té de hierbabuena (especial para los problemas de gases), cuido mis plantas, leo la Biblia, veo la televisión, las novelas y el noticiero. Eso hago desde que la jubilación llegó, por lo tanto cualquier evento, al salir de lo esperado, sacude el reloj que llevo dentro, volviéndome loca por un rato.
Hace unos meses supe de la anciana violada y asesinada en Veracruz, sentí rabia aunque también pánico. No he querido salir desde entonces. Joel, el de la tiendita, trae el mandado y el agua de garrafón (soy algo delicada para tomar agua corriente) viene cada miércoles, con eso estoy bien. La casa está resguardada con varias cerraduras y alarmas, aun así presiento peligro, pues hace algún tiempo se escuchó la noticia de una mataviejitas. Definitivamente la ciudad ha dejado de ser para mí, no entiendo cómo se puede despreciar a una anciana.
Todas las noches, a partir de ver en las noticias lo de Ernestina, la ancianita ultrajada, he tenido pesadillas. Anoche tuve la más terrible, está tan presente que se anuda la garganta, languidece mi cuerpo nada más al recordarla: Joel entra a la casa, trayéndome el mandado, como siempre con toda mi confianza; se comportaba de forma rara, en su rostro había una luz distinta, sus pasos eran rápidos y atropellados. Llegó hasta la cocina dejando sobre la mesa algunas latas y bolsas con verduras. Me disponía a darle la propina cuando de pronto estalla su puño en mi rostro, caigo al piso, empiezo a llorar y suplicar que deje de hacerlo. Parece un animal en celo, con su fuerza de hombre de treinta años, rompe mi bata de un zarpazo; entonces despierto bañada en sudores helados, con múltiples gritos sordos.
Al alba, las cenizas de la noche turbulenta me atosigan. Sigo en la sala, el encierro tiene un olor agrio impregnando las paredes. Es imposible dejar de pensar en que puedo ser víctima de un ataque, para colmo hoy es miércoles y está sonando el timbre de la puerta.
Poco a poco el pecho se cierra, tal vez el encierro provoca esta asfixia amargosa. Desde hace días siento un temblorcito en el cuerpo, parezco una gatita vieja, de mórbida figura; mi época de bella princesa terminó: no más espejos en esta casa. Además me he convertido en una vieja de rutinas: leche con un panecito por las mañanas, un caldo de verduras a mediodía, en la noche un té de hierbabuena (especial para los problemas de gases), cuido mis plantas, leo la Biblia, veo la televisión, las novelas y el noticiero. Eso hago desde que la jubilación llegó, por lo tanto cualquier evento, al salir de lo esperado, sacude el reloj que llevo dentro, volviéndome loca por un rato.
Hace unos meses supe de la anciana violada y asesinada en Veracruz, sentí rabia aunque también pánico. No he querido salir desde entonces. Joel, el de la tiendita, trae el mandado y el agua de garrafón (soy algo delicada para tomar agua corriente) viene cada miércoles, con eso estoy bien. La casa está resguardada con varias cerraduras y alarmas, aun así presiento peligro, pues hace algún tiempo se escuchó la noticia de una mataviejitas. Definitivamente la ciudad ha dejado de ser para mí, no entiendo cómo se puede despreciar a una anciana.
Todas las noches, a partir de ver en las noticias lo de Ernestina, la ancianita ultrajada, he tenido pesadillas. Anoche tuve la más terrible, está tan presente que se anuda la garganta, languidece mi cuerpo nada más al recordarla: Joel entra a la casa, trayéndome el mandado, como siempre con toda mi confianza; se comportaba de forma rara, en su rostro había una luz distinta, sus pasos eran rápidos y atropellados. Llegó hasta la cocina dejando sobre la mesa algunas latas y bolsas con verduras. Me disponía a darle la propina cuando de pronto estalla su puño en mi rostro, caigo al piso, empiezo a llorar y suplicar que deje de hacerlo. Parece un animal en celo, con su fuerza de hombre de treinta años, rompe mi bata de un zarpazo; entonces despierto bañada en sudores helados, con múltiples gritos sordos.
Al alba, las cenizas de la noche turbulenta me atosigan. Sigo en la sala, el encierro tiene un olor agrio impregnando las paredes. Es imposible dejar de pensar en que puedo ser víctima de un ataque, para colmo hoy es miércoles y está sonando el timbre de la puerta.
2 comentarios:
Me gustó! Le cambiaría el tiempo verbal, arrancás la entrada de Joel en presente, deberías seguir así " se comporta de forma rara", etc.
Quizá también mejorar el final, si se durmió en la sala el TV puede estar prendido y ahí percatarse de que es miércoles, al mismo tiempo que escucha el timbre...y quitar el "es imporible dejar de pensar..."
Digo, je.
Recuerdo la propuesta que nos planteamos hacer pero aún no me atrevo. Ya saldrá...
Un abrazote.
hola, gracias Pao por comentar. Esto es sólo un ejercicio para el Centro de E., no me salió muy bien, pues sabes que la narrativa no es lo mío.
besoss
Yols
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