Hoy jugaré con mis huesos a los dados del olvido.
Blanqueados por el insomnio de mis noches,
los esparciré por las oscuras playas
del desvelo y la nostalgia.
Porque esta vez me lanzo en grande—
yo mismo soy jugador, banca y apuesta
en la partida final y decisiva.
Mi adversario: tu recuerdo al rojo vivo
llagando todavía esta memoria obsesionada;
el precio que gane o pierda habré yo de pagar:
reconocer por fin
que el amor es un licor de breve aroma
que deja regusto amargo y acre
cuando se apura hasta las heces;
la única ganancia que cabe ya asumir:
el olvido,
y retener así este aciago agujero en la tela de la Nada
que es desde ayer el tiempo de mi vida...
Pues sólo queda el olvidarte
si ya entonces, cuando estábamos unidos,
fue inútil enfrentar mi lucidez a tus tinieblas
y oponer la esperanza a tu errar desmesurado
para hallarme al fin de todos modos,
febril y delirante, rindiéndome
a tu lascivia elemental, estulta y llana,
aunque también —por qué negarlo—
fascinante y siempre, siempre
bienvenida.
- Uwe Frisch (1935-1984), «El juego del olvido», Contracantos, en: Premio de Poesía Aguascalientes. 30 años (Tomo 2).
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